Es necesario que pida disculpas a los lectores porque finalmente no cumplí con el ofrecimiento que hice de reportar las sesiones de la comisión ocasional de comunicación. No me voy a detener en los motivos, pero entre ellos debo considerar la falta de tiempo y la impresión -generalizada entre algunos lectores- de que la crónica sobre Panchana resumía anticipadamente todo lo que iba a pasar.
Queda claro que ni el gobierno sabe qué debe hacer en el campo de la comunicación desde una perspectiva democrática, ni a la derecha le interesa que se haga nada, y cuando digo gobierno y derecha me refiero, en algunos casos, a las mismas personas.
Y sin embargo, sería tanto lo que se podría hacer.
Según datos del SRI las ventas de los principales canales de televisión del Ecuador en el año 2007 fueron:
ECUAVISA: 39 millones de dólares
TC Televisión: 28 millones de dólares
Teleamazonas: 21 millones de dólares
Gamavisión 19 millones
RTS 18 millones
Total: 125 millones
Hoy, después de la expropiación de TC y Gamavisión, 38% de ese pastel está en manos del gobierno.
Los dos principales grupos de televisión por cable, por su parte, vendieron 67 millones de dólares el mismo año (Satelcom, de grupo El Juri, vendió 34 millones y TV Cable, del grupo Isaías, vendió 33 millones). Como sabemos, TV Cable está en manos del gobierno después de la expropiación que hizo la AGD a los Isaías.
De modo que el total del negocio de la difusión de televisión en el Ecuador asciende, en cifras de 2007, a 192 millones de dólares. El gobierno controla hoy el 41% de ese negocio. Y para desgracia de todos, el gobierno no ha lanzado hasta ahora una sola idea encaminada a aprovechar esta circunstancia privilegiada [digo privilegiada en el sentido de que el control del 41% del mercado audiovisual facilitaría la introducción de políticas democratizadoras en el sector] para ampliar el pluralismo, la calidad de la televisión, la dinamización del sector audiovisual independiente. No. La única perspectiva que se les ha ocurrido es la más obvia y burda: controlar los informativos y, más tarde, vender esos canales a algún capitalista interesado. Si es amigo de Alianza País, mejor.
¡Un negocio de 192 millones (en cifras de 2007) y el sector audiovisual independiente tiene que vivir de las subvenciones públicas que ascienden a medio millón al año! Y a nadie en el gobierno ni en la comisión ocasional se le ocurre qué hacer, teniendo en sus manos el 41% de ese pastel.
Es mentira que a nadie se le ocurre qué hacer.
El director del Consejo Nacional de Cine del Ecuador, Jorge Luis Serrano, propuso a la comisión ocasional de comunicación la incorporación de un capítulo dedicado al fomento de la producción nacional independiente en la ley de comunicación. Era una propuesta seria que, en su sencillez, emulaba lo mejor de las políticas de cuotas horarias y de cuotas de adquisiciones vigentes en algunos países europeos, en la nueva ley de medios audiovisuales de Argentina y en la ley de responsabilidad social de Venezuela. La idea era muy sencilla: obligar a los canales de televisión de alcance nacional a programar una cuota de 100 horas de producción nacional independiente en el horario estelar de 18h00 a 23h00 y obligarlos simultáneamente a usar en la adquisición de esas 100 horas el 2% de sus ventas netas. Es decir, inyectar al mercado del audiovisual independiente 2,5 millones de dólares en cifras de 2007. El resultado esperado era diversificar la producción, abonar a favor del pluralismo en los medios audiovisuales, promover el audiovisual en lenguas ancestrales, promover la televisión educativa, ampliar la producción de documentales, apoyar al cine nacional. La propuesta añadía una clara definición de lo que se debe considerarse como productor independiente y creaba, además, un Fondo de la Diversidad en el Audiovisual y de la Televisión Educativa, con el que se complementaba el financiamiento de las producciones. En total, según el cálculo del CNCine, el mercado audiovisual independiente podía haber crecido, a la vuelta de pocos años, a un volumen de seis o siete millones de dólares, frente al medio millón de fondos exclusivamente públicos que tiene hoy.
Como es obvio suponer, a la comisión ocasional le importó un comino la propuesta. Betty Carrillo ni siquiera la ha de haber leído. Panchana habrá inflado el pecho y se habrá dicho: "mi proyecto ya habla de esto y lo hace mejor".
En efecto, el proyecto aprobado por la comisión incorpora la idea de Panchana, que consiste en una generosa cuota de 10% de la programación a favor de la producción independiente, pero no especifica el horario de su difusión y menos aún establece una cuota de adquisiciones ni un fondo para la calidad, con lo cual esa producción será comprada, como hoy, a precio de huevo, como un favor que hacen los canales a los productores ("agradecerás que te doy pasando tu peliculita"). Y en cuanto a la definición de los independientes se limita a decir que son aquellos "que no tienen relación laboral con el canal", lo cual es un portón abierto a la burla.
El trabajo presentado por el CNCine era serio, meditado, resultado de un proceso de reflexión, de dos congresos de trabajadores del cine, uno celebrado en Manta durante la Asamblea Constituyente y otro celebrado en la Universidad Andina con ocasión de un foro sobre la ley de cultura, y quedó reducido a nada por esa mayoría supuestamente progresista de la comisión.
Me veo obligado a concluir que esa mayoría no es ni progresista ni democrática.
¿Qué habría hecho una mayoría de izquierda? Una mayoría de izquierda habría comenzado por preguntarse, ¿qué podemos hacer para ampliar la libertad de expresión?, ¿qué podemos hacer para que en lugar de seis periódicos nacionales haya veinte?, ¿cómo podemos apoyar el surgimiento de nuevos medios? ¿Cómo podemos hacer para que los periódicos, incluidos los de nuestra tendencia pero también los otros, se lean en todas partes? Una mayoría de izquierda habría comenzado por preguntarse, ¿cómo hacemos para diversificar la oferta de televisión?, ¿cómo hacemos para que la transición a la televisión digital no sea simplemente una oportunidad de generar más ganancias para los mismos sino de que el público acceda a más canales, más diversos, a más programas de mejor calidad? Una mayoría seria se habría preguntado: ¿por qué la calidad de los programas es tan mala?, ¿no será que podemos hacer algo para que mejoren?, ¿no será un tema de dinero, de cuánto dinero gastan los canales en hacerlos?, ¿por qué no investigamos cómo funciona el negocio de la televisión? Una mayoría de izquierda, madura, joven, emprendedora, revolucionaria, se reiría de Jorge Ortiz y no perdería el tiempo en ver la manera de callarlo por vía de un reglamento de pacotilla porque sabría que la historia se encargaría de callarlo si la hiciéramos avanzar un poco, tan solo un poco. Una mayoría de izquierda a la que Jorge Ortiz le quita el sueño y el humor no es una mayoría de izquierda. Es simplemente una mayoría de políticos amargados, paranoicos y vanidosos.
4 de diciembre
-
Se desencadena una gran revolución Ayer por la mañana unos jóvenes con blog
fueron a ver a la ministra de Cultura, la señora González-Sinde, por unos
probl...
Hace 8 horas
