martes, 25 de julio de 2006

Polvo y ceniza*

un árbol muerto y Teófilo Bayas

Se llama Teófilo Bayas, tiene 65 años y nació en Cusúa, en las faldas del volcán Tungurahua. En la primera foto lo vemos junto a uno de los árboles de su huerto que quedaron exhaustos por el paso del flujo piroclástico. Teófilo es una de las personas que evacuaron el flanco occidental del volcán el viernes 14 de julio ante la inminencia de la erupción. Cuando lo conocimos, el pasado sábado 22, Teófilo estaba albergado en casa de unos amigos suyos en el sitio El Pingue, a pocos kilómetros de Baños. En ese mismo pueblo, en un albergue acondicionado en la escuela, viven las otras doscientas personas que salieron de Cusúa ese mismo día.

Cusúa, una antigua hacienda que la comunidad compró a la última propietaria en los años setenta, está situado en la carretera Baños - Riobamba, que recorre una parte de la perfecta circunferencia que dibujan desde el cielo las faldas del Tungurahua. La carretera está actualmente cerrada por la policía, no solo porque el paso está interrumpido por los deslaves y los lahares, sino porque de ese modo se evitan los robos a las propiedades deshabitadas. Conseguimos pasar porque Teófilo explica a los oficiales que es de Cusúa y que va a dar una vuelta por sus tierras. Es algo que hacen todos: duermen en el albergue pero durante el día vuelven a limpiar los sembríos sobrevivientes de la ceniza que los cubrió.

La casa de Teófilo es una de las primeras que aparecen en el camino, tan pronto nos topamos con la primera interrupción de la carretera. Nos bajamos del carro y Teófilo nos dice: "aquí había un puente". Hacia arriba, en lo alto de la loma, se ve el nacimiento de una quebrada que desciende hasta donde estamos, donde en lugar del puente hay un enorme montículo de ceniza y rocas volcánicas, y continúa hacia abajo hasta alcanzar el cauce del río. Frente a nosotros, al otro lado del cañón, vemos un paisaje verde y limpio trazado de sembríos sanos. Por esa quebrada bajó el flujo piroclástico.

flujo piroclástico

La casa más cercana a la quebrada pertenece a una de las hijas de Teófilo. Es una casa celeste desde cuyo portal se puede ver el nacimiento calcinado de la quebrada. La casa está al cuidado de Teófilo porque la hija que la mandó construir se fue a vivir en Barcelona hace seis años dejando a Teófilo y a su mujer a cargo de sus tres hijos. Un poco más abajo está la casa de Teófilo y la de otro de sus hijos que también vive en España. Todas están cubiertas de polvo y ceniza, salvo en los costados que no miran a la quebrada, que han quedado extrañamente limpios.

casa de Teófilo Bayas y quebrada polvo y ceniza

A las seis de la tarde del viernes 14 sonó la alarma del Sistema de Alerta Temprana en la plaza central de Cusúa. Inmediatamente, Teófilo, su esposa y sus tres nietos bajaron a la carretera en su camioneta y se dirigieron hacia El Pingue, obedeciendo al pie de la letra las instrucciones que la Defensa Civil les había dado. Dos horas más tarde, a eso de las ocho de la noche, por esa quebrada bajó uno de los flujos piroclásticos que había derramado la caldera del volcán y que había sido avistado por uno de los vigías del Sistema de Alerta Temprana. El vigía lo comunicó por radio a la central de la Defensa Civil en Baños y al centro de operaciones del Instituto Geofísico de la Politécnica Nacional, quienes dieron la Alerta Roja para el flanco occidental. El Sistema de Alerta Temprana desarrollado por los baneños combina las mediciones sísmicas de los vulcanólogos con la información visual que proporcionan cinco vigías, campesinos asentados en zonas seguras pero muy cercanas al cráter que han sido instruidos por los científicos para describir con precisión el comportamiento de la caldera. El sistema probó su eficacia el viernes 14 y salvó la vida de Teófilo y los suyos.

Uno puede imaginar el fogonazo repentino que pasó por allí. Una ola de calor y de tierra incandescente que cubrió de ceniza las casas, se llevó un puente y quemó los sembríos de tomate de árbol como lo hubiera hecho un horno, cocinando la frutas en las mismas ramas donde crecieron.

el agua y el maíz del pollito tomate de árbol explosión del Tungurahua

La única misión que Teófilo cumplió en su finca durante nuestra visita fue abastecer de agua a un pollito que a la hora de la evacuación se quedó perdido en los matorrales. Teófilo cree que el pollito sigue vivo porque de vez en cuando lo escucha piar a la distancia. Con cuidado, le cambia el agua de la lavacara y le deja unos granos de maíz en el piso. Mientras hace esto, el volcán truena, una nube de gas y vapor se eleva desde el cráter y pocos minutos después alcanzamos a percibir el aroma del azufre.

De los cuatro hijos de Teófilo, dos viven en España. Otro es militar y vive en Riobamba, y la cuarta vive en Ambato. Los nietos con los que vive, de entre siete y nueve años, están a su cargo desde el año 2000. Su hija les manda 150 dólares al mes para que los cuiden. Cuando la recuerda se le quiebra la voz y cuando dice que nunca irá a visitarla la voz se le retuerce, no sé si por resentimiento o por pena, o por ambas cosas. Enseguida lo aclara: él quiere que ella venga a verlos, que ella venga a ocuparse de sus hijos. Dice que su esposa duerme con los niños en la casa de su hija, a pocos metros de la suya, donde duerme él. Son casas pequeñas y humildes de donde han retirado los enseres de valor, como refrigeradora y cocina, que están ahora guardados en la bodega de sus amigos de El Pingue.

Teófilo tiene trece cuadras de tierra en esa ladera del volcán y dice que solo aceptaría abandonar sus tierras para que se conviertan en un parque, como proponen los científicos, si le dan a cambio una cantidad equivalente en otro sitio, o si lo indemnizan apropiadamente. Imagina él, con toda razón, que entregarle trece cuadras de tierra en otro lugar es una oferta que difícilmente le hará el gobierno. Teófilo dice que de otro modo solo aceptaría ir a vivir en una casa en una zona más segura, pero demandaría que lo dejen seguir trabajando su tierra.

Cuando hablamos de esto nos cuenta que un día, cuando el Tungurahua despertó en 1999, se le ocurrió la idea de mudarse al Puyo, en las provincias orientales. Hizo el proyecto de vender una parte de la tierra que tiene, comprar con ese dinero una finca allá abajo y vivir así, entre el Puyo y Cusúa. Pero, al parecer, a su esposa no le gustó la idea porque le pareció demasiado complicada y Teófilo a la larga no hizo nada. Tengo la impresión de que Teófilo lamenta haber dejado pasar ese proyecto, tan sencillo en apariencia. Lo lamenta, o le gusta pensar que lo lamenta. Ese proyecto convertido en recuerdo parece cumplir el papel de un refugio emocional para Teófilo. Lo evoca como se evocan las oportunidades perdidas. "A lo mejor - nos dice - a lo mejor era una buena idea."

Bajamos a la carretera y regresamos al albergue. Le damos diez dólares. Le decimos: "acepte este dinero don Teófilo, para que se ayude un poco". Le preguntamos si estará despierto más tarde, a eso de las nueve, cuando regresemos de Baños donde iremos a alojarnos. Nos dice que no, que a esa hora ya estará dormido.

*Polvo y ceniza, claro, es el título de una novela de Eliécer Cárdenas que nada tiene que ver con el Tungurahua pero que tomo prestado por su pertinencia descriptiva.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno

Anónimo dijo...

muy largo

F dijo...

buen blog...buenas fotos.

te adicioné al mío! saludos desde são paulo,

F

Pastv dijo...

En 1999 el volcán era una novedad. Recuerdo haber ido a ver con mis compañeros de Colegio las «chispitas» que despedía el Tungurahua. Luego uno toma conciencia de lo grave que puede ser una erupción fuerte. Claro nos dimos cuenta en un viaje de observación en el cual veiamos como la ceniza borraba campos de pasto y papas.
En muchos de nosotros quedo esa imagen. La historia ahora se repite... Lastimosamente como en ese tiempo... nos agarró desprevenidos y con nuevos muchachos camino al volcán a la «novelería». La historia se repite como un ciclo, ojalá para la próxima estemos preparados de mejor manera para este tipo de eventos.