lunes, 15 de agosto de 2005

La posguerra peruana y un paseo de compras en las tiendas Wong

Siempre es bueno que alguien tenga las cosas claras. Javier Corcuera las tiene al menos cuando habla del Perú. Hablamos de Cusco, esa ciudad entregada al turismo, arcaica y densamente tejada, de callejones angostos y un bullicio de multitud asustada, apresurada, de muchachitos y muchachitas que regresan del colegio y pueblan de gritos las plazas y los portales, de hoteles de lujo con habitaciones despresurizadas para combatir el mal de altura, y me dice, no te olvides que este es un país de posguerra. Durante el fujimorato, entre la represión policial y el terrorismo se fue la vida de 80 mil peruanos. Una vez, recuerda Corcuera, estábamos tomando unas cervezas cuando llegaron dos camiones militares que bloquearon los dos extremos de la calle Espaderos, en Cusco, donde se concentran los bares y restaurantes más concurridos, y metieron presos a todos los jóvenes que estaban en los bares de la calle, yo y mis amigos nos salvamos porque teníamos pasaporte español... Así se llevaba a la gente Fujimori. Cuando empezó la guerra sucia en realidad Sendero Luminoso estaba ya derrotado, me dice Javier, a Sendero lo derrotó el servicio secreto de la policía. Al país lo desmovilizó el ejército y la guerra sucia. Y eso es lo que tenemos ahora, un país adormecido que no se atreve a hablar. Nos lleva a la calle Quilca, en el centro histórico de Lima, una calle sombría que vive animada por círculos de gente que escucha en circunspección densos debates de política. Uno lee un discurso, un manifiesto, otros se interrumpen y discuten, y muchos grupos de jóvenes vestidos de negro beben cerveza sentados en la acera. Es como un "speakers corner" de trescientos metros de largo. Bares, rockolas, un patrullero de policía pide que la gente circule. Pero nadie hace caso. En una casa ocupada unos rockeros dan un concierto. Nosotros entramos a una cantina y seguimos conversando. Hemos estado en la clausura del festival de Lima donde Crónicas ha vuelto a recibir su dosis de reconocimiento - mención honorífica y mejor actor para Damián Alcázar - , pero donde el documental ha sido tratado nuevamente como un género menor, a pesar del homenaje que se rindió a Patricio Guzmán. Ni una palabra en todo el acto para los 80 mil muertos de Perú. En Chile murieron 3000, insiste Corcuera, aquí fueron 80 mil, pero de eso no se habla. Han pasado dos años desde la publicación del informe de la Comisión de la Verdad y no se ha hecho nada.

La posguerra es un estado de aturdimiento. El país parece haber estado congelado en el tiempo. Ese es el aspecto exterior de las calles, de las ciudades. Cusco en particular, se quedó en los ochenta. Y Lima en muchos aspectos también. Hay una decadencia de posguerra, en los muros despintados, en las autopistas viejas e inacabadas, en ese monumento a la incompetencia que es el frustrado tren urbano de Alan García, más de doscientos pilares sobre los que iba a pasar el tren elevado que quedaron sembrados en un parterre como una gigantesca y absurda balaustrada de hormigón pero que no alcanza para sonrojar al líder del APRA, que ha vuelto y sigue tan campante. Ahora se llama PAP, Partido Aprista Peruano, como si aprista hubiera alcanzado rango de adjetivo en el diccionario. Lisanda me dice: más de seis personas me dijeron que soñaban con vivir en Quito. Entre ellos el taxista que nos llevó al aeropuerto el último día. Es otro síntoma de la posguerra.

Donde la posguerra es mucho menos notoria es en los barrios elegantes, que con extensos y de una placidez envidiable. La burguesía limeña vive mucho mejor que la ecuatoriana, de eso no me cabe ninguna duda. Se tratan muy bien. Eso es algo que se puede determinar con solo observar la sección delicatessen del supermercado. No hay punto de comparación con nuestro modesto SuperMegaMaxi. Esta gente sabe vivir. Producen un aceite de oliva aceptable y un vino - el tabernero Tacama - bastante decente. La oferta de jamones, quesos y otros manjares exquisitos es descomunal y apetecida por una nutrida clientela que tiene aspecto de estar bien informada. Uno se siente en el mejor Corte Inglés de Madrid. Es una clientela variada, de jóvenes y adultos, de ejecutivos de aire apresurado y de muchas mujeres que hacen gala de un estilo a la vez arcaico y desenvuelto. No sé si me explico. Recorro el supermercado en busca de la sección de uniformes para la servidumbre que es infaltable en los Supermaxi de Quito y no la encuentro. O las empleadas domésticas de Lima no usan uniforme o se lo compran en otro sitio, pero al menos en el supermercado Wong no los venden. Lo interpreto como un síntoma de madurez burguesa, porque eso de vender uniformes para la empleada como si fueran detergentes, sin que haya a la mano un vestidor donde la mujer que lo va a vestir se lo pueda probar frente a un espejo, siempre me pareció un gesto anacrónico, denigrante o en todo caso de muy mal gusto que es mejor obviar, como se obvia hoy en día la presencia de la escupidera entre los accesorios de la sala. Ahora uno va a escupir en el baño. Para vestir a la servidumbre tiene que haber una tienda de ropa de servidumbre, digo yo. Lo cierto es que la sobreabundancia del supermercado Wong tiene un efecto positivo sobre mi estado de ánimo. He venido a renovar nuestra ración de mermelada de naranja y de allí pasamos a Ripley, una tienda por departamentos donde Lisandra busca unas sábanas de algodón peruano. Ana, la compañera de Javier, nos dice que en España ellos van a comprar sábanas en Portugal. Nosotros venimos a Perú, le miento. En Ripley hay sábanas portuguesas, peruanas y americanas. Las peruanas 100% algodón están en oferta y compramos dos paquetes en 50 dólares. En general la tienda está muy abastecida de productos Made in Peru a precios razonables comparados con los precios habituales en Quito. De allí bajamos a la calle para llamar a nuestros amigos, pero el servicio telefónico, que está en manos de Telefónica, es un desastre. La mitad de las cabinas no funciona, los monederos no devuelven el cambio, la llamada se cae. Qué mala suerte la de nuestros países. ¡Por qué tenía que ser Telefónica de España quien compre nuestras empresas de telefonía y no British Telecom o los suecos de Ericsson! Ni modo. Mejor tomamos un taxi y avanzamos. Vamos a dejar las sábanas y la mermelada en el departamento que nos ha prestado la hermana de Javier en el barrio de Surco.

Esto queda en la cuadra 14 de Velasco Astete. El guardia del edificio nos saluda desde su silla de plástico a la entrada del garaje. No comprendo la costumbre de los limeños de tener al guardia del edificio en el exterior las veinticuatro horas del día sin otro mobiliario que una silla de plástico y una cobija en invierno. Varias veces hemos llegado a casa y lo hemos encontrado dormido, absolutamente vulnerable junto a la puerta. Ignoro si está armado o si tiene un método especial para detectar la mala intención de quienes se le acercan, pero nosotros preferimos que siga durmiendo y entramos en silencio. Igual podrían hacer los ladrones, supongo. En fin, que en materia de guardias de seguridad todo me parece absurdo, tanto en Perú como en Ecuador. Pero eso será materia de otro post algún día. Por ahora termino.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

tu articulo empieza bien: la post-guerra de peru y todo lo que conlleva, pero de ahi a terminar con la historia de las sabanas q compraste en el centro comercial...

Un poco disperso, por decir lo menos no ??

Manolo Sarmiento dijo...

bueno, quizás. Más que dispero, injustificado. Me gustaba entrar en el supermercado y tenía ganas de hablar del buen vivir de la burguesía limeña. las sábanas están porque iba a lanzarme a un comentario sobre la industria peruana... y el TLC... pero eso ya habría sido demasiada dispersión (estarás de acuerdo), de modo que lo dejé como un detalle de cotidianidad, y si... quizás sobra. Ni modo. Gracias por la visita y por el comment en todo caso.

Manolo Sarmiento dijo...

capaz que hago unos ajustes más luego. He releido y ciertamente las sábanas sobran.

Anónimo dijo...

era obvio que lo de las sábanas conducía al TLC. De todas formas, Perú lo firma (nosotros estamos en veremos) y esa "oferta" de sábanas sin duda será objeto de otro post en el próximo ELCINE, ... ¿aguantaremos al Manolo tanto tiempo?

Anónimo dijo...

oye, entre tanto "anonymous" que suscribe estos comentarios (porque no los firmamos) ¿no estará el huevmaster?

Anónimo dijo...

hey! Lima no es feo danielo! bueno no se, a mi me encanta y me seguira encantando...
manolo, al leerte me acorde de la primera vez que pasé bajo los pilares del "tren", la sensacion fue extraña, porque aunque pocos hablan con claridad el asunto , y no se si te ha pasado a ti, miran para arriba y dicen "eso iba a ser un tren pero..." y a continuacion una especie de nostalgia y rabia.

por lo de las sabanas y la dispersion pues que te dire, sí, algo; pero bien vale la pena dejarlo, eso de meterse solamente a hablar sobre paises y ciudades refieriendose tambien a sus manifestaciones más basicas, y que en eso se encuentre algo tan curioso como la diferencia de precios pues no pasa siempre...

Anónimo dijo...

bacan manolo, me ha encantado seguir tus cronicas de lima, y en general tu blog. es una ciudad que siempre me produjo el mismo desconcierto, que creo, a ti. a proposito, con un poco mas de tiempo, quito es a lima que mismo?
javier izquierdo

Anónimo dijo...

Quito tiene millón y medio de habitantes. Lima ocho. La economía ecuatoriana "mide" 24 mil millones de dólares. La peruana el doble. Perú es parte de Ibermedia y tiene ley de cine. Ecuador se orina en la cama todas las noches. Lima "es" el Perú (el resto son ruinas). Quito es la "capital" y Guayaquil la economía. Ergo, Quito es a Lima lo que Lima a Buenos Aires... (y lo que Buenos Aires es a París, y lo que París es a NY, .....) periferia de la periferia

Anónimo dijo...

el resto de peru no son ruinas... q tenga de las mas importantes de america del sur es otra historia.. lo que paris a N.Y? pues no creo

Manolo Sarmiento dijo...

Bueno, no me encasillo dentro de lo que se conoce como proletariado, definitivamente no. Pero no fui a buscar vestidos de servidumbre para comprarlos, sino para saber si allá también los venden en los supermercados como en el Supermaxi, es decir, si son tan atrasados como aquí. Siempre me había impresionado esa sección del supermercado... junto al papel higiénico y los detergentes, había una serie de vestidos a rayas y encajes. Me parecía curioso. Además todos en talla petit-andina.

No pude dar tu recado porque Josue Mendez no estaba en Lima!

Pero tendré en cuenta lo de Río Store. Gracias.

Anónimo dijo...

qué buen post... yo no sabía que en el supermaxi se vendían uniformes para las "peroles"... demasiado tiempo fuera de nuestro país.

sigue dándome destellos de eso que es la "realidad" latinoamricana, manolo.

Manolo Sarmiento dijo...

Paulette, ya no tenían nostalgia ni rabia... solo tenían una especie de vergüenza (por los pilares del tren fallido). En ese aspecto estas ciudades de hormigón como Lima y Quito y Guayaquil tienen una manera de ser muy feas cuando están recién hechas. Solo en Suiza trabajan con tal maestría el hormigón que consiguen darle una pátina de siglos. Aqui entre nosotros, casi siempre luce inacabado. Más todavia cuando a los pilares les sobresalen los hierros oxidados del piso que no se construyó... en este caso el puente del tren urbano. Por cierto, y para terminar, los ficus han crecido tanto que ya son más altos que los pilares del tren.

Anónimo dijo...

Hacer comentarios como los suyos sobre el terrorismo y Fujimori luego de 10 años de la victoria es inaudito. Quien le informo que cuando Fujimori el terrorismo ya estaba vencido?. Solo un ignorante o un extranjero que no vivió el terrorismo puede afirmarlo.