Es inevitable el mal de altura en el Cusco. Más aún cuando te alojas en un hostalito del barrio de San Blas en la parte alta de la ciudad, porque entonces estás obligado a remontar cada día una escalinata empinada que te deja sin aliento. Todo el mundo recomienda como paliativo para el soroche la infusión de hojas de coca, que se puede pedir en todos los cafés y restaurantes de la ciudad por un módico precio. Te sirven la taza con seis o siete hojas de coca y te ponen en la mesa un termo de agua caliente. Supongo que han lavado previamente las hojitas. ¿Pero, cómo, y no que está prohibida?, uno se pregunta... Entonces te explican que para supuestamente controlar la fabricación de estupefacientes el gobierno del Perú es dueño del monopolio de la distribución de la hoja de coca. Los agricultores tienen que registrarse como cultivadores de coca ante una entidad estatal, venderle a esta entidad toda su producción y comprarle a esta entidad la coca que necesiten para su consumo. Ni más ni menos que como en los tiempos de los estancos del alcohol y el tabaco en los años cincuenta. Por lo demás, coca hay por todos lados, las vistosas hojitas color verde te las venden sueltas o en llamativos sobrecitos de mate, convertida en galletas, en helados, en chocolates, en sopas, en crepes, en sánduches, en cócteles, supongo que en talco también, o esculpida en piedra o tallada en bronce en forma de aretes, pulseras, centros de mesa, floreros o diademas. Digamos que la coca es omnipresente. Una tienda de productos a base de cannabis puja en vano por clientela. La coca es todo en el Cusco.
2 comentarios:
Yo quiero una pulsera de coca!!!
jejeje...
y las ruinas?
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