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sábado 29 de octubre de 2005

La Constituyente debe ser una asamblea revolucionaria que liquide la moral de la República Febrescorderana

Una de las herramientas de supervivencia de la República Febrescorderana ha sido tener una intelectualidad de izquierda suficientemente aburguesada. Mientras la aburguesaban a punta de privilegios, la República Febrescorderana detenía el proceso modernizador del Estado que se había iniciado en el período de Bombita y, pescando a río revuelto, sus grandes caporales se apoderaban de todo. El resultado es el desastre en el que vivimos hoy, con un Estado completamente desarticulado y una clase media intelectual satisfecha de sí misma y por lo tanto incapaz de movilizarse por ninguna causa.

Repartieron Tarjetas Supermaxi para nosotros y Bonos Solidarios para los pobres. Nos volvieron así inmunes a la pobreza. Mientras no la vean cara a cara, decían, todo seguirá igual. Aquí, en Quito, más de 300 mil personas viven en pobreza extrema y el Municipio de Quito muy orondo advierte en sus carteles que "comprar en la calle es ensuciar la ciudad". Quizás deberían poner también que "dar limosna es ensuciar la ciudad" y así evitarían espectáculos como el que se da cada sábado al pie de mi ventana, en la calle Mejía, donde a las ocho de la mañana se forma una fila de docientos viejitos y viejitas desamparados que esperan la repartición de una limosna de 5 centavos que reparte un comerciante bondadoso.

Anteayer tuve necesidad de ver al médico y llamé al que me atiende siempre en una de esas lujosas torres del Meditrópoli. Estaba dispuesto a pagarle 35 dólares para que examine mi faringe con ayuda de una tablita desechable y determine la gravedad de la inflamación. 35 dólares: dos veces el bono solidario que reparte el gobierno cada fin de mesa cientos de miles de personas. Felizmente mi médico de cabecera había salido de viaje hasta la semana próxima. Me pareció intolerable la idea de esperar tantos días con mi faringe en tal estado de padecimiento. De modo que mi instinto de supervivencia me llevó al Centro de Salud No. 1 que la providencia puso a menos de cinco cuadras de mi casa y abrí mi primera historia clínica en el sistema nacional de Salud Pública del Estado ecuatoriano, en uno de cuyos hospitales nací hace 38 años.

Me tomaron los signos vitales, me midieron la estatura, el peso, registraron mi domicilio en una ficha y me hicieron esperar en un pasillo junto a otros pacientes. Tenía en mis manos mi flamante historia clínica, cuatro hojas de papel donde había espacio para apuntar la evolución de mi estado en el futuro. Al final del formulario, a pie de página, había un recuadro que rezaba con toda frialidad: "Para el fallecimiento", "año, mes, día, hora", "Si es en emergencia: llegó muerto/murió en emergencia", "si es hospital... " y así. A mi lado, una señora bastante mayor tenía la suya en sus manos. Alcancé a ver que la de ella estaba casi completamente llena. Respiré pronfundo y me sentí, por efecto de este detalle burocrático, traído de vuelta a la tierra. Soy uno más, me dije, y me sentí tajantemente democratizado. Manolo, uno más entre siete millones de usuarios del sistema de salud pública. Había dejado de ser ese privilegiado cliente de Meditrópoli que llega en su Vitara a congestionar las calles del barrio de Las Casas, activa la alarma del carro y acude al despacho del médico como si acudiera a ver al gerente de una financiera, lujo por todas partes, dispuesto a pagar 35 dólares para que le examinen la faringe.

Llegó mi turno. El despacho medía, como era de esperarse, más o menos la cuarta parte del despacho del Meditrópoli y el escritorio de la doctora no tenía ningún lujo, ni uno solo de esos adornos elegantes que llevan inscrita la marca de las farmacéuticas y que no faltan en los despachos de los médicos de hoy, y en lugar de las fotos de los hijos del médico o los diplomas de Masachusets o Bavaria, en la pared había recomendaciones para cuidar la salud. La doctora revisó mis signos vitales y comenzó a examinarme. Me preguntó si tenía motivos para el stress. Le conté dos o tres cosas de mi vida y me sugirió: "¿quiere tener psico-terapia?, aquí ofrecemos psico-terapia, usted solo me lo pide y yo le hago una cita". En efecto, en el despacho contiguo atendía una pscioterapéuta que recoge las citas los lunes y los martes y da sesiones individuales de una hora durante toda la semana. Yo estaba impresionado. La doctora me dio dos o tres consejos para mejorar las defensas de mi organismo y me recetó, en un papel sencillo, las medicinas. No pagué ni un solo centavo por su atención. La psico-terapia también es gratuita.

Fui a Fybeca a comprar la prescripción. La señorita que me atendió, que me conoce y aprecia, casi disgustada me hizo notar que la doctora de la salud pública me había recetado el medicamento genérico que tiene la enorme desventaja de irritar el estómago. Claro, todos quieren ocuparse del confort de uno hoy en día, todos asumen que uno padece de gastritis, todos asumen que el estómago de uno es delicado como el de un niño. La bien intencionada mujer me recomendó que sustituyera la receta por otro medicamento menos irritante pero que costaba diez veces más. ¡No!, le dije tajantemente. Mi estómago lo puede aguantar, gracias, y pagué el dolar cincuenta que costó el antinflamatorio.

Esa fue mi experiencia en el sistema de salud del Estado ecuatoriano. Este es el sistema de salud de la gente común. Este es el sistema de salud de los sindicatos médicos de los que hablan tan mal los canales de televisión cada vez que hacen una huelga porque no les pagan el sueldo. Este es uno de los sistemas de salud más atrasados y pobres de América Latina.

El aburguesamiento de la República Febrescorderana nos hace vivir en una nube. Es muy sencillo, sin embargo, bajar de la nube. Basta con caminar cinco cuadras y entrar al Centro de Salud No. 1 o basta, por ejemplo, con preguntarse cosas tales como, ¿por qué tanto miedo a la Asamblea Constituyente de parte de los partidos políticos? Y buscar la respuesta con paciencia.

En doctrina jurídica el concepto de Asamblea Constituyente es sinónimo de revolución. Es una ruptura total con el régimen precedente. Lo ratifican las teorías más avanzadas del constitucionalismo. Cito, por ejemplo, al español Pedro de Vega, profesor de la Universidad Complutense de Madrid:

"La distancia que media entre la actuación del poder de reforma y el poder constituyente es la que separa la acción legal de la revolución. A través de la reforma se puede legalizar el cambio, pero lo que en ningún caso resulta posible es legalizar la revolución. Cuando el poder constituyente actúa con verdadera legitimidad política, no solo no necesita apelar a la legalidad existente, sino que, además, no puede hacerlo. Su salida del silencio y del letargo en los que normalmente está sumido, mientras el sistema constitucional funciona, no admite otra justificación posible que la sustitución de la legalidad existente por otra distinta." (De Vega, Pedro, La reforma constitucional y la problemática del poder constituyente, Tecnos Madrid, 1985).

El presidente del Tribunal Electoral, el buen señor Gilberto Vaca, debería ilustrarse un poco más, o quizás ya lo hizo y comprendió que el poder constituyente, es decir, la gente común, ha comenzado a salir del silencio y del letargo, y por eso mismo pensó que lo mejor que podía hacer era invocar la legalidad de alfeñique de la República Febrescorderana. Miren estas cifras de 1999:

Referendo sobre Constituyente en Venezuela:
Apoyo a la Asamblea 88%


Asambleistas electos:
Polo Patriótico (chavistas) 122 - Polo Democrático (partidocracia) 6

Ratificación de la Constitución Bolivariana:
SI 71% - NO 29%

Una vez que los venezolanos comprendieron que la constituyente era una opción legítima de cambio, la apoyaron masivamente y dieron por completo la espalda a los partidos tradicionales que obtuvieron solo 6 escaños de un total de 128 que fueron elegidos en las urnas. Por eso están aterrados.

El otro día en la radio del Dotti escuché a Edgar Terán hablar de totalitarismo y chavismo y fascismo y todas esas malas palabras del anticomunismo a propósito de la constituyente. "No lo vamos a permitir", terminó diciendo casi fuera de sí. A la misma hora, en La Luna, otro ciudadano expresaba su opinión de un modo muy distinto. Me pareció importante lo que dijo porque apuntaba a la pérdida de la autoridad moral del parlamento Febrescorderano. El recordaba y ponía en relación dos hechos: en septiembre de 2004 murieron 11 jubilados como resultado de la huelga de hambre que hicieron en demanda de mejores pensiones. En ese mismo mes, o quizás unas semanas más tarde, los parlamentarios tuvieron los riñones o la sangre fría de aumentarse a sí mismos el bono navideño a 12 mil dólares. Esta relación, que describe a un diputado capaz de aprobar para sí mismo una prebenda semejante cuando acaban de morir once jubilados en reclamo de una mejora de su pensión de 50 dólares al mes, establece una insensibilidad macabra. Cuando la gente en la calle es capaz de calificar aquello como inmoral es que una nueva sensibilidad está floreciendo. Y del surgimiento de una nueva moral a la revolución hay un paso. Edgar Terán, con su Tarjeta Supermaxi en el bolsillo, seguramente se examina en Meditrópoli como yo hacía antes. El hombre que llamó a La Luna quizás lo haga en el sistema nacional de salud y sus hijos no van, como los de Terán quizás fueron, al colegio Americano o al colegio Menor, sino a la escuela pública. Será demasiado tarde cuando el señor Terán comprenda que vive y defiende un status quo inmoral. Y ni yo, ni nadie con algo de sentido común en la cabeza, vamos a esperar a que eso suceda. Es por eso, quizás, que yo apoyo la Asamblea Constituyente y apoyo los nuevos liderazgos que el status quo quiere minimizar. Apoyo a los muchachos y muchachas de Ruptura aunque hayan surgido en una ONG pagada por la cooperación americana, apoyo a Rafael Correa con todos los defectos que le destaca la prensa Febrescorderana, apoyo a la asamblea de la Floresta, apoyo la movilización del pueblo afro, apoyo la reconstitución de la CONAIE, apoyo la vanidad altiva aunque algo miope de Auqui Tituaña, entre muchos otros. Allí está el grueso de la transformación que este país necesita. Parece poca cosa, pero ciertamente no lo es. Y espero que las elecciones se convoquen pronto para evidenciarlo como se evidenció en Venezuela, 122 a 6.

Y quizás es por eso también que escucho a Paco Velasco en La Luna todos los días. No porque lo crea perfecto ni mucho menos. Y no solo porque sea el único programa matutino que verdaderamente me despierta (lo que es mucho decir). Sino porque lo veo allí de cuerpo entero, entregado por completo a su trabajo y creo, sinceramente, que el periodismo solo vale la pena cuando se lo vive de ese modo.

Ahí se ven.