Chone, pese a todo, sigue siendo un misterio. De Chone solo hemos visto imágenes confusas con excepción del reportaje de Rodolfo Asar en Día a Día, donde quedó claro que detrás del paro está el enfrentamiento mafioso del PRE contra el PSC por haber roto el pacto tácito de alternabilidad que tenían jurado.
No fue difícil: Asar fue a Chone y los grabó con una cámara de video y con el derecho que le da el ejercicio libre de su profesión. Vimos así a los caciques en sus trincheras, rodeados de su antesala de forzudos. O quizás sí fue difícil. Eso no importa. Asar no va por allí diciendo lo valiente que es. Importa que lo vimos y que el reportero trató de comprender.
Con eso bastaría. Ortiz, por ejemplo, haría bien en tratar de comprender a los que no piensan como él, en lugar de tratarlos con descortesía como hizo con el prefecto de Cotopaxi el lunes, cuando lo despachó sin decirle ni hasta luego. Puedo entender que César Umaginga le resulte antipático, pero tratándolo de necio no gana nada. Hace días quedó claro que los motivos centrales del paro de Cotopaxi son el TLC y la Oxy. “Qué ganamos con sacar a empujones a la Oxy”, dijo después. ¿Empujones? Así describe Ortiz las razones de los que no piensan como él.
Me ensaño con Ortiz porque no le veo remedio. Mi teoría es que lo suyo no es la pantalla chica sino la escritura, el ensayo, o de plano la cátedra. Debería dar charlas, no hacer entrevistas. No le pasa como a Vera, en quien se nota un progreso indudable en agudeza mental y en otros aspectos, como su disciplinada abstinencia de la tentación política. No es el Vera que hubiese querido, el de los primeros años, cuando llegó de EEUU contagiado de ese espíritu de reportero de guerra heredero de cierta televisión de vanguardia, con un gusto a Cinema Verité, pero me parece que es un tipo todavía redimible.
Hace poco tuve la suerte de ver una serie de imágenes de archivo grabadas por Carlos Vera en 1979 y quedé maravillado. El Vera de esos años tenía toda la astucia y la agudeza del de hoy, con la mitad de la vanidad y el añadido de la frescura y la libertad, libertad de prejuicios, libertad de poses y, supongo también, de intereses. Un Vera que irrumpía ante el canciller de Pinochet que asistió a la posesión de Roldós: “¿…y cuándo será el turno de Chile, General?”, “cada país tiene su ritmo señor”, “¡América Latina le pide democracia a Chile General!” Ese Vera de a pie, valiente más que atrevido, obstinado más que intolerante, me hace soñar en el Vera que pudo ser.
Pero hay cosas para las que no hay remedio. No es solo su culpa por lo demás. Veintitrés años de confusión no pasan en vano.

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